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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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18 Agosto 2019 04:00:00
Hasta el corazón
A los mexicanos nos asalta la ceguera de la costumbre. Dejamos de percatarnos de las riquezas de nuestro territorio, la diversidad de ecosistemas, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez, pasando por cordilleras, montes, valles, volcanes, costas y mesetas. Además de la flora y fauna que vuelven esta variedad de suelos una maravilla capaz de provocarnos el regocijo más hondo.

Viajar es una excelente oportunidad para tomar conciencia de esas maravillas naturales que, en el extranjero que nos visita, provocan un asombro particular. Ir a otras latitudes nos permite atestiguar de manera directa los esfuerzos que se llevan a cabo por preservar dichos ecosistemas.

Voy regresando de un venturoso viaje por el estado de Jalisco. El pasar de nuestras amadas arideces norestenses a la exuberancia de montañas y trópicos hacia las costas de Jalisco y Nayarit, es llenar las pupilas de imágenes, olores, sonidos y sabores que se recrean una y otra vez para recordar lo bendecidos que somos como mexicanos.

El principal propósito de mi viaje se cumplió a cabalidad: Reunirme con esa parte de la familia con la cual el factor distancia no permite convivir de manera directa. No estuvimos todos, pero sí una buena parte, lo que representa vivencias preciosas que se atesoran para siempre. La otra parte, --turística—se vio cumplida con creces. Unos días en la Riviera Nayarita recargan las pilas para un buen rato. En particular, de todo lo vivido durante esa estancia, hay un momento que hoy deseo compartir con ustedes:

Desde el octavo piso del condominio que ocupamos en Nuevo Vallarta, la vista era fabulosa: El amanecer con sus incipientes amarillos difusos, y su luna azul y grande que desaparecía a corta distancia sobre el nivel del mar, como si se fugara. Los atardeceres luminosos, que se negaron a vestirse de escarlata en todos esos días. El vaivén de las olas que parecían enrollarse cada una sobre sí misma, para luego romper en carcajadas espumosas y blancas. La placidez de la arena clara, donde a primera hora aparecía un tlacuache insomne en busca de alguna mínima presa para desayunar antes de dormir. Algún cangrejo pequeño nunca volvió a su agujero, a causa del desordenado marsupial. Las aves marinas en todas sus variedades, las golondrinas de alas de charol y vientre amarillo haciendo giros y piruetas; los pelícanos solemnes y calmos, aislados o en grupos de hasta cuatro. Las gaviotas y aves zanconas, cada cual explorando su propio nicho. En fin…

Lo que me cautivó de manera particular fue lo ocurrido en la tarde del tercer día: Desde el balcón comenzamos a observar que las personas sobre la playa se iban alineando a uno y otro lado de lo que se veía como un bulto gris, mismo que de manera ocasional se movía, levantando algo de arena. Pronto descubrimos que se trataba de una tortuga en proceso de desove. Rápidamente nos integramos al grupo de paseantes de todas las edades, que de la manera más respetuosa observaban en silencio aquel milagro de vida.

No alcanzan las palabras para describir la emoción que me embargó mientras observaba a la hembra, agotada por el esfuerzo, tomando aire, pujando para liberar parte de los huevos, y en seguida cubrir con arena que movilizaba con sus patas traseras, aquella camada. Descansaba un poco, para volver a emprender la misma tarea una y otra vez. Sentí una conexión especial con ella, con su esfuerzo que bien podía costarle la vida, y con su firme propósito de colocar a su progenie en condiciones tales, de asegurar su supervivencia. Terminado el proceso de desove, apisonó la arena con sus gruesas patas, con tal fuerza, que se escuchaban los golpes contra la arena. Como pediatra habré asistido a varios miles de nacimientos, la diferencia entre aquellos y esto es que mi presencia junto a la fatigada madre ahora era de simple observadora. No me correspondía hacer otra cosa que sintonizarme con su encomienda y asombrarme con toda la emoción puesta en ello, por su enorme esfuerzo.

Hay que reconocer y aplaudir la actitud de todos los observadores, en silencio, respetuosos. Todos sintiéndonos afortunados por ser parte de aquel momento. Se contó con la presencia de una bióloga del programa de Conservación y Protección de la Tortuga, quien vigiló en todo momento que nuestra presencia no obstaculizara la tarea del desove.

Cada vez que pedimos una bolsa de plástico. Cada vez que abusamos de vasos y platos desechables. Cada vez que tiramos a la basura la malla plástica de los “six” de cerveza o refresco, sin antes cortar cada uno de los anillos que sostuvieron las latas, estamos dañando al ecosistema marino, entorpeciendo su función, siendo que nos corresponde crear conciencia de nuestro papel. Enseñar a los niños con nuestro vivo ejemplo, el orgullo de ser mexicanos.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
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