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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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10 Abril 2020 04:07:00
La plaga y el mar
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No me sorprende que La Peste, de Albert Camus, originalmente publicada en 1947, se haya convertido en una de las novelas más leídas, o releídas, de este 2020. La historia de cómo la ciudad argelina de Orán se enfrenta a una epidemia de peste bubónica adquiere vigencia en estos momentos. Es imposible no identificarse con los temores al contagio, con las angustias del confinamiento, con el sufrimiento de los infectados, con el egoísmo de quienes buscan medrar y con el trabajo incansable del personal de salud y, en particular, del protagonista, el doctor Bernard Rieux.

El mar está siempre presente en la narración, como habría que esperar en una ciudad costera. La peste, sin embargo, suspende la relación de los oraneses con el mar. “Esta era una de las grandes revoluciones de la enfermedad. Todos nuestros conciudadanos acogían siempre el verano con gran alegría. La ciudad se abría entonces hacia el mar y desparramaba a su juventud hacia las playas. Este verano, por el contrario, el mar tan próximo estaba prohibido y el cuerpo no tenía derecho a sus placeres”.

En medio de la lucha contra la peste, Jean Tarrou pide al doctor Rieux hacer algo “por la amistad”: “Darnos un baño de mar. Hasta para un futuro santo es un placer digno. Con nuestros pases podemos ir hasta la escollera. Después de todo, es demasiado tonto no vivir más que en la peste. Es evidente que un hombre tiene que batirse por las víctimas. Pero si por eso deja de amar todo lo demás, ¿de qué sirve que se bata?”.

“El mar -escribe Camus- zumbaba suavemente al pie de los grandes bloques de la escollera. Se desnudaron. Rieux se zambulló él primero. Fría al principio, el agua le fue pareciendo tibia a medida que avanzaba. Durante unos minutos avanzaron con la misma cadencia y el mismo vigor, solitarios, lejos del mundo, liberados al fin de la ciudad y de la peste.

“Se vistieron y se marcharon sin haber pronunciado una sola palabra. Pero tenían el mismo ánimo y el mismo recuerdo dulce de esa noche. Rieux sabía que, como él, Tarrou pensaba que la enfermedad los había olvidado, que esto era magnífico y que ahora había que recomenzar.

“Sí, había que recomenzar porque la peste no olvidaba a nadie mucho tiempo. En cuanto al doctor, el fugitivo instante de paz y de amistad que le había sido dado no podía tener un mañana”.

Una de las lecciones que nos deja La Peste es la necesidad de romper, aunque solo sea por momentos, la obsesión que genera la enfermedad. Rieux y Tarrou lo logran al escaparse a nadar. Por eso me preocupo hoy cuando veo que los gobiernos se vuelven obsesivos, usan la fuerza pública para impedir que las personas se diviertan, cierran las playas y advierten con tono de sermón: “No son vacaciones”. Están convencidos, al parecer, de que la epidemia es un castigo por supuestos pecados cometidos y no se limitan simplemente a prescribir medidas sanitarias para reducir la posibilidad de los contagios.

Cuando la peste cede en Orán, la gente festeja con “gritos de alegría”, pero el doctor Rieux “tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”. Sí, es verdad, pero Rieux sabía también que un momento de amistad puede dar sentido a todo el esfuerzo y a todo el sacrificio.


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